domingo, 21 de noviembre de 2010

EMILIANA, EL ÚLTIMO PASEO.

Ermita Virgen de la Oliva.
Tarde gris valdilechera.
Fotos : Ayto. Valdilecha.

La tarde de este 20 de noviembre está siendo gris, las nubes de vez en cuando, lagrimean casi tímidas, y un viento otoñal racheado, nos hace que crispemos los rostros, con la sensación triste , por ya cubierta la caja, de la próxima ausencia.

Salimos de la Iglesia mudéjar de San Martín, y más que un corto viaje, cientos de personas comenzamos un peregrinaje hacia el alto camposanto, por la calle de la Ronda, que se abre a nuestros ojos con una solemnidad inusitada. Apenas son las cinco de la tarde y, la losa gris de la atardecida valdilechera, lanza su sombra desde los cerros al valle, donde la aves se deben de estar acomodando para la dormidera nocturna.

Cientos de personas caminamos, a la altura del coche fúnebre algunos, y, la inmensa mayoría tras él.
Es el último paseo de Emiliana, -mi tía- un paseo de unos 15 minutos, en el camino que recorre las tres ermitas, sólo se escucha el rodar de las ruedas del automóvil sobre el asfalto desgastado y alguna racha de viento aislada, ni siquiera rompe el silencio el gemir de sus hijas y nietas.

Llegamos a la última ermita, es la ermita madre, la de la Virgen de la Oliva, patrona de Valdilecha, desde allí el valle se divisa como el campo de juego de un estadio deportivo desde la más alta grada. Frente a ella, dos antiguos pilones donde antaño bebía el ganado, y en el centro de los dos, un lugar cercado de rejas con bancos, al que yo denomino, el de los besos escondido y también perdidos.

Tras la ermita, un pinar frondoso, pero tras el pinar, empezamos a divisar los altos cipreses, la tapia empedrada y la puerta de forja centenaria, allí, acaba el paseo...

He caminado y paseado con Emiliana, durante sesenta años, en mis visitas alternas, pero éste último, es tan mudo, tan deprimente, como sintiendo la grave constancia del saber que el ser que fue, ya no es, y que ya, es imposible el volver.

Se acabó su vida, su mundo, pero también se acaba inexorablemente algo en el nuestro.

Cerca de donde descansan los restos de mis padres, le dan sepultura, apenas he tenido tiempo de rezar ante los restos de mis padres, cuando comienzan a introducir en el foso el ataúd con grandes sogas, y se pierde ya a mi vista bajo tierra, el empleado del camposanto, baja media docena de rasillas y apenas colocadas, abandonamos todos el cementerio con el padrenuestro en los labios.

Y acaba el paseo, como acaban los peregrinos de Santiago tras visitar el sepulcro del apóstol, los cientos de personas, nos desperdigamos por las calles valdilecheras, como conocidos-desconocidos, que volvemos a la rutina de nuestras vidas.

Yo me vuelvo solo un instante, y más que en Emiliana, pienso en su soledad, y en el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, y calle abajo con mi hermano Rafael, repito una y otra vez en voz baja:
"Dios mío, que solos se quedan los muertos".


Valdilecha, 20 de noviembre de 2010

JOSé MANuel García García (JOSMAN)




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