miércoles, 5 de abril de 2017

LA LUCIÉRNAGA Y EL TRÉBOL.(I)

La Luciérnaga y el trébol es una alegoría, que como dice la RAE. es:1. f. "Ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente."
Mis escasos lectores, tendrán que adivinar o descubrir, pero eso lleva trabajo y ninguno trabajará gratis para mi.

La luciérnaga y el trébol.

Han sido numerosas las veces que he escrito de la luciérnaga, decía Unamuno que es la única luz viva de la tierra, es diminuta como su cuerpo, y despide esos destellos cada ocho segundos llamando a un novio en esa oscuridad misteriosa de los pantanos o humedales, raras veces las he visto en mis paseos butarqueando la primavera, aunque dicen que existe una mayor población de estos insectos misteriosos en regiones asiáticas.


Curiosamente una noche vi una, algo muy poco frecuente en nuestra ribera, cuando ya las aves comienzan a dormitar, la luciérnaga estaba sobre un trébol de cuatro hojas, contraviniendo el número de aquello predicado por San Patricio en Irlanda de sus tres hojas. 


El trébol estaba aplastado por la pisada de un paseante ribereño, allí quedó marcada la huella de la suela de un zapato, que podía haber sido la de quien esto escribe.


Y aún no sé si fue mi imaginación o la realidad la que me hizo ver la luciérnaga, que tendría la costumbre de pasar junto al trébol en busca del polen y el néctar alimenticios, de los cuales dicen que se nutren, o quizás fuera a dejar depositados sus huevos en una oquedad de la tierra; el caso es que se conmovió con el estado del trébol, posiblemente singular con esa poco común y casi unicidad de sus cuatro hojas en este lugar.


Reitero, que no sé si lo soñé tras vencerme el sueño, ese sueño sosegado que nos sorprende a los que somos sexagenarios y son de escasa duración, el caso, fuera como fuera, es que la luciérnaga se posó sobre el trébol y con su luz y la vibración de su abdomen intentaba recuperar a la planta dañada. La huella de la suela del zapato era un signo claro de que el aplastamiento era mortal.


Nuestra diminuta luz viva, enviaba sus destellos y un leve calor a cada hoja y se desplazaba con sus diminutas patitas de una a otra, quizás sabiendo que su esfuerzo era inútil, pero se negaba a renunciar cualquier intento de posible recuperación.


Me estremecía ver a esa enfermera ocasional afanarse no solo en salvar la vida vegetal. Agachado y tumbado vi de cerca de la escena, el trébol que siente y a su modo se expresa, nos indicaba de modo tácito que sus hojas estaban aplastadas, pero era el tallo el que estaba quebrado, fue entonces, cuando la luciérnaga utilizo su vomito de polen y néctar digerido y estañaba el tronco hiriente mezclando su sustancia con la sangre vegetal que llamamos savia, que contiene como nos dicen, en su agua, “fitorreguladores, minerales y azúcares”, por ello realizó lo que hacen los carpinteros emplastando una grieta en la madera. 


Volví a casa pensando que aquél remedio sería inútil para la salvación.

Pasadas ocho horas regresé a mi paseo butarqueño a la mañana siguiente, sorprendentemente, el trébol estaba menos mustio y más vigorizado, su tronco en parte estaba solidificado, el vomito del polen y el néctar, o posiblemente de sus esencias de caracol en su tiempo de larva, dejó una huella ámbar con vetas pardas, como una grapa unificadora de las heridas humanas, hasta creo que se sacudió minúsculas gotas del rocío mañanero para sentir el tacto de mis dedos como si me viera y me sintiera, dándome la sensación de sentir su mirada, como tantas veces he creído sentir la de los chopos y los pinos, ¿acaso, como dice mi amigo Bushara, “la naturaleza tiene una intuición o inteligencia invisible y silenciosa, y se transmiten sensaciones a través de sus raíces”? Nunca lo averiguará la ciencia, se han dado casos en grandes selvas de alto arbolado nutrir desde sus raíces a otros árboles o arbustos menos desarrollados a quienes quitan el sol, el mundo vegetal tiene sus misterios y en territorios que llamamos salvajes hay una mínima solidaridad, como se da en los manglares, que tienen filtros en sus raíces, donde el agua salada de un mar penetra en los ríos que los acogen en pleamar, y estos sacrifican parte de sus hojas a esa salinización, nutriendo el resto de hojas del agua dulce y que sobrevivan.

Volví a la noche, y allí de nuevo vi la luciérnaga de luz viviente bajo su abdomen, pero la tenía apagada, estaba recostada bajo el trébol que se mostraba inhiesto, y cubriéndole de la luz de la Luna, como si la angustia se aliviara más en la penumbra, cuando alcé mi rostro, una de la cuatro hojas descendía formando una curva abrasante hacia la luciérnaga, ésta lanzó un solo destello despidiéndome y agradeciendo un milagro que sólo había sido de ella, los machos de su especie sobrevolaban sobre la escena alegres ante aquél hecho samaritano. Salí al camino asfaltado, cuidadoso de no pisar la vida, en mi conciencia llevaba un peso abrumador que comenzaba su alivio, porque ya no tenía ninguna duda de que la huella del zapato aplastante, indiscutiblemente era la mía.

Josman.


Los derechos de autor reservados, no por su calidad que carece de ella, es que es mío.


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