jueves, 3 de junio de 2010

LA RANA Y LA LUCIERNAGA DEL BUTARQUE.





A Raúl Calle de IU. Y al terremoto que devastó Lisboa en 1775

Este es un cuento que encierra un mensaje.




Ajenas a la política y a la sociedad leganense, una rana y una luciérnaga conviven en el sosiego, butarqueando las noches, como si no hubiera mundo viviente más allá de las humildes y glaucas riberas de este aprendiz de arroyo.


La inmensidad de su lago o embalse al visitante le engaña en su primera visión, el Butarque es un diminuto fluir por un angosto cauce, pero su humedad, el arbolado y la hierba ribereña le convierten en un micromundo aislado, como si fuese y lo es autónomo del inmenso municipio que le atrapa en sus límites geograficos.


En un municipio como Leganés, coge todo lo imaginable y lo real, donde a veces converge la especulación, y, junto a ella la escoria humana, el trabajo noble, el ocio y el vicio en sus diversas ramas, pero también ese mundo natural violentado por la mano humana.



Y ese micromundo en Leganés, es nuestro Butarque, donde yo leganeo y butarqueo, y donde a pesar de mi torpeza en el conocimiento del medio ambiente, he descubierto en mi observación al igual que muchos de mis convecinos, una rana y una luciérnaga; a la primera sin importarle la oscuridad tenebrosa de la noche, y siendo también hembra, la he visto acudir a la llamada luminosa de la segunda. Y…

La rana observó una noche los destellos luminosos de la luciérnaga, se acercó a ella y la preguntó por qué caminaba tan lentamente, y a qué se debía esa luz que iba lanzando a cada lento paso sobre la hierba.



La luciérnaga le contestó que, como ya había escrito Miguel de Unamuno, las luciérnagas eran los únicos animales que lanzaban esa luz, la única luz viva, la única luz que brotaba de un cuerpo por diminuto que fuera éste.

La rana le preguntó, qué conocía del mundo, ella se limitó a decir que, tan sólo las riberas de este gran lago o embalse denominado del Butarque.



La rana le ofreció su verdoso y viscoso lomo, para enseñarle en varias noches toda la extensión del parque, y del arroyo, que hacia con su y escaso fluir un lago tan grande a sus ojos, le contó también que, años atrás, generación tras generación de ranas se habían ido contando, que había una ermita que los humanos denominaban de la Mora, y que más arriba, subiendo la empinada ladera norte, habían construido una autopista de varios carriles que había condenado al parque a los ruidos insoportables de miles de vehículos de motor cada día.



La luciérnaga, se interesó por conocer la autopista, contestándola la rana que no podía subir la inmensa cuesta que llevaba a ella, pero que en la falda de aquella cuesta podrían ver, los vestigios, los ladrillos y pequeños ornamentos de lo que había sido la famosa ermita.

Cada noche hacían un recorrido más y más largo, la luciérnaga se olvidó de lanzar destellos en la demanda de un macho de su especie, y saltaban y caminaban en una oscuridad total para no ser descubiertas por el ojo humano.



La rana le mostró el arroyo, los puentes, los altos chopos, los álamos, pinos y sauces, la introdujo no sin riesgo por los cañizares, y los juncos, y le explicó las jornadas tranquilas pero muy prolongadas de los pescadores; en restaurante nocturno, con su música y juegos de niños, y doscientos metros más allá hacia el este, una alambrera que separaba el parque del Butarque de la Finca de la Mora.



La última noche de su paseo, lograron alcanzar la finca y visitaron los vestigios derruidos de la misma por la siempre interesada mano del hombre, de pronto una ventisca precedía a una gran tormenta, la rana advirtió a la luciérnaga, de que había que abandonar el lugar, los rayos alumbraban la cúpula celeste butarqueña, los chopos se cimbraban y lanzaban chasquidos de ramas, como quejidos de la naturaleza provocados por ésta misma, y, cuando comenzaban su huída, una pila de ladrillos gigantesca caía aplastando a la rana y a la luciérnaga, la rana agonizante, decía a la luciérnaga: “No es la naturaleza la que nos hiere y mata, es la mano del hombre, ladrillos, piedras, cemento y hierros, lo cambian y lo mueven todo, y detrás de todo ello, está su avaricia, quizás legitima, de convertir la tierra en palacios de diversión y de ocio para ellos y sus riquezas, sin pensar en los demás, y en lo demás, y este último demás, somos nosotras”



La luciérnaga lanzó su luz destellante por última vez y dijo: “Si así es el hombre, no es extraño que el planeta desaparezca pronto, como en la leyenda de Bécquer, cuando Dios vio como jugaban con el planeta en su laboratorio, como si tratara de una pelota, no quiso destruir “La Creación”, al decir que, en nuestras manos el mundo duraría poco”


José Manuel García García (JOSMAN)

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