miércoles, 4 de marzo de 2015

LOS ALMENDROS DEL BUTARQUE.

 Colina butarqueña, tras de mi uno de los almendros en Enero.
Almendro en flor.

En el parque lineal del Butarque en su zona norte entre el lago y el quiosco, hay una ladera que llega a la autopista R 5, tiene una separación de seguridad de alambrada, allí, hay cuatro almendros en flor.
Al subir al mediodía, con el sol en el sur, va uno casi pisando su propia sombra, asciendo bordeando un trigal, -debe de ser el último de Leganés- hay rocío sobre las hierbas de la senda que evapora lentamente este sol de marzo humedeciendo mis zapatos.

Nunca había subido al pie de los almendros, aunque sí recorrido esa alambrada, donde un día vi a un hombre desaparecer junto a ella, la recorrí como un vigilante, y no vi ningún hueco donde pudiera pasar un cuerpo humano o una simple liebre, y se me quedó como un misterio para siempre.

Leganés aún tiene liebres que saltan y te sorprenden en el paseo matinal, me paro junto a los almendros, desde allí el lago del arroyo es un espejo celeste, a tres kilómetros del corazón de la ciudad, parece que estás en un paraje rural de ensoñación donde la naturaleza explota.

Bordeo el lago, son 880 metros de recorrido, - que mido-  observando cuanto me rodea, tan lento que mi marcador de móvil, indica 14 minutos, y no sé si alguna caloría quemada. Vuelvo a bordearle, y el mismo tiempo, en esta ocasión, veo patos pardos y  otras aves que huyen precipitadas, las ocas van y vienen del baño al sol con su gruñido acostumbrado.

Leganés, ya tiene mucho de ciudad ruidosa, los vehículos y el ajetreo de las personas a sus quehaceres, niños que juegan a la par que caminan, y sin embargo  a ésta distancia citada, apenas dos pescadores, dos personas que caminan y una en el circuito de las bicicletas. Las ocas toman el sol entre los juncos, secos, y que también están esparcidos por la superficie del lago, da una sensación de abandono, el Butarque es el hermano menor de Polvoranca, siendo infinitamente más veterano.

La hierba brota silvestre, la de la Polvoranca ajardinada, es césped sembrado, y recuerdo a A. Machado: “Prefiero lo vivo natural a lo plantado y regado” En el Butarque la naturaleza nos regala todo cuanto es ella, inmensa en esta primavera adelantada, acudo a este lugar en ocasiones, para soñar y meditar cuando estoy en ese “Pozo de la melancolía”
Hay obras en el quiosco, que ya es un restaurante de lujo, con las autorizaciones municipales, imagino. Todo se amplia, menos los álamos y los pinos que se apiñan en su espacio y que viven su soledad hasta la romería del santo patrón de la barrida San Fortunato. Y algunas comidas veraniegas, donde los vecinos tras las viandas, abren sus sillas y hamacas y buscan el sueño, los jóvenes buscan el sexo en la arboleda apartada… pero esto, es los festivos, cuando los ciudadanos tienen su jornada de descanso, los días laborables, lo visitamos los retirados y jubilados, y ese hombre, que se hace invisible en esa zona de los almendros en la colina.

El Butarque tiene esa paz, ese sosiego, es un ansiolítico, donde las ansiedades y las angustias se las lleva el escaso correr del agua del arroyo, a veces dejando la mente vacía, y la vista puesta en ese avanzar del agua buscando Villaverde, para allí, unirse al Manzanares, y hacerse kilómetros después, agua del río Tajo, y en él  hacerse ola fresca de la mar inmensa y oceána, en el borde del  país vecino.
Esto tan sencillo, es una hora en Butarque, no da para, más ni para menos, es un paraíso a tres mil metros del corazón de la urbe, es un pulmón que te da el oxígeno y el altar de aquella “tienda de las ideas” que Sócrates pudo hallar y crear en Atenas, -según contaba en su comedia Aristófanes-. Leganés, no tiene ningún Sócrates, pero tiene abierta esta tienda del pensamiento, para cuantos intentamos pensar sin conseguirlo. 

Leganés, 4 de Marzo de 2015


JOSMA.
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